
He decidido dedicar esta columna a una mujer ejemplar que ha dejado un legado incalculable, no solo para su familia sino para quienes tuvimos el privilegio de conocerla, compartir con ella y escuchar sus historias que no eran más que dulces consejos marcados por esa sabiduría que le dio el camino de la vida. Y es que hablar de María Edelmira Gómez de Zuluaga es hablar de la fuerza femenina que define el rumbo de las regiones. Pues debo decir que sin duda su rol, carisma, empatía y empeño en lo que hacía fue fundamental para otorgarle el posicionamiento con el que hoy goza el restaurante El Roble como un atractivo turístico que enmarca lo mejor del sector gastronómico.
Y hoy, más que en calidad institucional, hablo desde la gratitud profunda de quien reconoce una mujer extraordinaria, y lo digo porque nunca se le veía un gesto de queja o comentarios que incomodaran en la mesa; ella siempre recibió a quienes la visitábamos con tal autenticidad y carisma que con solo su presencia establecía la unión y el compartir como sus banderas.
No fue solo una empresaria. No fue solo una esposa, una madre o una amiga entrañable. Fue un ejemplo vivo de lo que significa liderar con el corazón. Una mujer bondadosa, amorosa, amable y profundamente tierna. Y quizá era difícil robarle una gran sonrisa, pero cuando lográbamos arrancársela, el tiempo merecía detenerse.
Puedo decir que fue supremamente coherente en su manera de vivir, valiente ante cada dificultad. Su fortaleza no era ruidosa ni altiva; era serena, constante, silenciosamente poderosa. Nos enseñó que las cosas se hacen con amor, que no importa cuán pequeño sea el gesto si nace del corazón, porque allí reside su verdadero valor. Y hablo así porque tuve el honor de visitarla en varias oportunidades, por el solo hecho de que entre mujeres buscamos esa paz que sabe a complicidad y que se disfruta en esos fines de semana de descanso donde nos llenamos de personas vitamina, como lo diría una famosa psicóloga.
Hay que decir que representó esa generación de mujeres que construyeron región con discreción, pero con determinación inquebrantable. Mujeres que entendieron que hacer empresa es también hacer comunidad; incluso muchos de los hijos de sus empleadas se criaron cerca a sus madres, porque ella entendía el valor de tener a los hijos muy de cerca.
Y es que hablar con el corazón de una mujer extraordinaria tiene una profundidad que va más allá, porque en tiempos que nos retan a liderar con convicción hay ejemplos que no pueden pasar desapercibidos; quizá el capital humano aún nos cuesta incluirlo como el pilar más valioso de las empresas y hoy las tendencias muestran el éxito de los modelos humanistas que nos recuerdan dónde está el verdadero poder empresarial.
Existe un dicho popular que afirma que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Pero ella construyó al lado de don Gustavo Zuluaga, y ambos hoy nos recuerdan que en el Quindío sí se puede.



