
La IA o los llamados agentes de inteligencia artificial, hoy no solo responden preguntas sino que ejecutan tareas al alcance de una mipyme lo que antes solo podía pagar una gran empresa. Hablo de cosas concretas: un contador independiente que le toma una foto a una pila de facturas y en minutos las tiene organizadas en una hoja de cálculo; una ferretería que recibe por WhatsApp la lista de materiales de un maestro de obra y le devuelve la cotización lista gracias a la IA; o un artesano de Filandia que construye su propia página web con catálogo y pedidos.
Los ejemplos se multiplican. Una finca hotelera puede contar con un agente que lee las reseñas que dejan los turistas en inglés, francés o alemán, y le propone respuestas en el idioma de cada visitante. Una empresa constructora puede recibir cada mañana un resumen de las convocatorias públicas que se ajustan a su experiencia. Revisiones de cartera para identificar quién está atrasado y prepare mensajes de cobro amables y personalizados. Ninguna de estas soluciones reemplaza al empresario; lo que sí hace, es que le permite incrementar su productividad, escenarios que sin duda, reafirman la importancia de la Inteligencia Artificial en la actualidad.
No en vano, la estrategia de transformación digital de la Cámara de comercio de Armenia y del Quindío, sigue incrementando su demanda, asesoramos diariamente, como mínimo, a treinta empresarios con un equipo especializado, acompañándolos para identificar dónde la tecnología realmente puede generar valor y no simplemente para decirles que “usen IA”.
Sin embargo, confieso que en cada encuentro con empresarios del Quindío aparece la misma inquietud: ¿qué tanto debemos confiar en la inteligencia artificial? Y es una pregunta válida. Hay incertidumbre sobre el manejo de los datos, sobre los errores que estas herramientas todavía cometen y sobre lo que significarán para el empleo. Pero debo decirlo con claridad: estamos en un punto de no retorno. Ya lo he dicho en otros artículos: la IA ya no es una tendencia, es una nueva forma de hacer empresa, y el empresario no puede esperar a que «todo se aclare».
En los últimos días, el mundo avanza en la discusión de un marco regulatorio para la IA, y considero que esa regulación es necesaria: necesitamos reglas claras que generen confianza, protejan los datos y establezcan límites frente a usos que puedan afectar a las personas. No obstante, hay que decir que regular no puede significar frenar. El desafío consiste en construir una gobernanza que permita utilizar la tecnología de manera responsable sin cerrar la puerta a la productividad.
Y sí, hay que decir que la IA se equivoca o puede generar riesgos, y por eso toda respuesta que llegue a un cliente y todo número que soporte una decisión debe pasar por la revisión de una persona. Hay que cuidar la información: no todos los datos de nuestros clientes o de nuestras finanzas deben subirse a cualquier herramienta sin conocer sus condiciones. Y hay que estar alerta ante nuevas modalidades de fraude, como audios o videos falsos que suplantan identidades. Estos riesgos son una razón para aprender a usar la IA bien, con criterio y con acompañamiento.
En síntesis, el reto es lograr que las empresas sepan utilizar la IA de manera ética, segura y productiva para crecer, competir y reitero, generar más productividad.


